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Wednesday
May262010

Joven abusado en Guatemala por Sacerdote Católico

A los 14 años Mario sufrió abusos por parte de un sacerdote y un predicador de la Iglesia católica en Antigua Guatemala. Ahora tiene 22 y empieza a levantarse, a encaminar su vida.

Esta es su historia:

¿Estás seguro de que te gustan las mujeres? –Vamos a ver, Mario, si en verdad te gustan las mujeres–. Después le abrió el zíper del pantalón del uniforme y sacó a la fuerza un pene flácido. Cerrá tus ojos, imaginate que mi mano es una vagina –hizo un túnel con sus dedos y le apretó el miembro.

Una tarde cualquiera Mario fue al cuarto del hermano Ramiro, pensaba barrer y trapear. Abrió la puerta de golpe y se quedó perplejo. En la cama estaba Ramiro con José, un chico unos meses menor que él, imberbe y frágil, con la cara repleta de granos. Ramiro no se molestó por la intromisión, ni siquiera le pidió que se fuera, por el contrario, lo invitó a unirse. “Métete en la cama con nosotros Mario, no seas tímido”, le pidió. Él simplemente dio la vuelta y se fue a barrer el patio.

Hasta esos días el hermano Ramiro no había intentado nada con Mario, se mostraba como su amigo, como su confidente, y aunque no era psicólogo le gustaba practicar “terapias” con el adolescente. Se reunían en la habitación de Ramiro a conversar de la infancia, de los días duros que había tenido que vivir de niño. Mario poco a poco empezó a abrirse, a contarle cosas que no le había dicho a nadie, a liberar los rencores que le invadieron por los desprecios de su abuelo. Se sintió confiado, hasta que la terapia pasó a ser “experimental” y tuvo que dejar que Ramiro le masturbara. Más tarde tuvo que practicarle sexo oral y dejarse acariciar y besar por ese hombre que le llevaba más de 20 años de edad.

El Hermano Ramiro no era el único interesado en los cuerpos jóvenes, de muchachos sin vellos en las piernas. Habia un cura también. Mario recuerda el primer encuentro sexual con ese sacerdote.

Estaba barriendo la iglesia cuando una nube de polvo le envolvió. El cura, que lo observaba a lo lejos, corrió con un pañuelo, “patojo te ensuciaste la cara, deja, te limpio”, sonrió y pasó la tela despacio por su frente, cuando le descubrió la boca tras el paño, Mario sintió unos labios carnosos y añejados sobre los suyos. El cura lo besó y Mario no supo qué hacer. “Si digo algo me van a sacar a la calle” pensaba, “esta es mi única oportunidad de graduarme de un colegio” se repetía, quería un título a pesar de tener que pagarlo con su cuerpo.

Ramiro y el sacerdote acordaron que Mario llegaría todos los miércoles y viernes a la iglesia a hacer limpieza y ayudar al padre en lo que hiciera falta. Sobra decir qué le hacía falta al religioso. Al salir de la iglesia iba cansado y asqueado a casa, donde estaba Ramiro pidiendo sexo oral.

Mario empezó a hartase, principalmente cuando Ramiro exigía penetración, pero no encontraba el valor para vivir en la calle.

Al día siguiente Mario tomó la determinación. Lo hizo después de que Ramiro entrara al cuarto de baño, corriera la cortina y lo encontrara desnudo bajo el agua. “¿Ya te diste cuenta qué hora es? Vas a llegar tarde al colegio. Te voy a ayudar a bañarte, así salís más rápido”, le dijo. No pudo más.

“Sos un hipócrita y un hijo de puta”, gritó. Ramiro se quedó estupefacto, abrió bien los ojos y quiso insultarlo, pero Mario no dejó de gritar. “No entiendo cómo podés decir que hablás en nombre de Dios si hacés todo lo contrario a lo que él dice”. Salió de la ducha de prisa, se vistió a la carrera y corrió al colegio.

Al año siguiente Mario decidió volver a la ciudad, hablar con el abuelo, tratar de enmendar las cosas. Lo consiguió. Se graduó en la capital de bachiller en computación y ahora trabaja en una empresa de seguridad privada.

Descubrió su sexualidad: le gustan los hombres. Tiene un novio, mayor que él, que lo quiere, lo respeta y lo comprende. Ya empezó terapia con un verdadero psicólogo y se siente liberado, sin rencores y sin miedos. ¿Denunciar?, ¿para qué?, se pregunta. Sería un proceso largo y doloroso donde lo más probable es que le echen la culpa a él, piensa. Por ahora está bien así. Sólo una cosa ha cambiado en su vida: ahora es ateo, rotundamente ateo.

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